La tradición del brunch comenzó en Inglaterra —no olvidemos que la palabra no es más que una contracción de breakfast y lunch— como una suerte de comida para cazadores madrugadores o señoritos resacosos. Esa combinación para apaciguar el estómago con alimentos contundentes y el alma con bebidas poderosas tuvo un éxito insospechado en el EE. UU. de los noventa, convirtiéndose en un fenómeno social. Pasó la época de gloria de los influenciadores y el postureo absurdo, pero el brunch demostró que estaba aquí para quedarse.
Los quebequenses no quisieron ser menos y crearon su versión propia, caracterizada por el dulzor omnipresente que el jarabe de arce impone a casi todo. La Germaine es una de esas cafeterías de Montreal donde no encontraremos a nadie posando con su plato para redes sociales, pero sí a familias y amigos disfrutando de la vida sin prisas.
Se puede pedir a la carta, pero si hemos venido a jugar, lo suyo es hacerlo según los cánones. Por 25 dólares canadienses, el La Germaine Plate ofrece una desmesurada batería de 11 elementos: ensalada de temporada, bacon caramelizado en sirope, jamón estofado a la cerveza, salchichas, huevos revueltos con queso, patatas sazonadas, alubias con miso, tortitas de trigo sarraceno, baguette a la plancha, sirope de arce puro y, por supuesto, café (a la europea) y zumo de naranja (a la americana).
Si se lo tragan todo y se quedan con hambre, les sugiero los english muffins… aunque dudo que su cardiólogo apruebe la moción.
Una orgía calórica de la que uno sale con el cuerpo pesado pero la conciencia tranquila, convencido de que hay modas que merece la pena adoptar.








