A estas alturas de la globalización, empieza a ser verdaderamente complicado dejarse sorprender por los antiguos hitos del viajero. Al regreso de Marco Polo o Ibn Battuta, sus narraciones más fascinantes no provenían del enfrentamiento con bestias mitológicas ni de la descripción de ejércitos salvajes, sino, sencillamente, de lo que se iban encontrando en los mercados por los que pasaban. Así de simple y así de complejo: el mercado es el espejo más honesto donde una sociedad se refleja.
Aún recuerdo cuando perderse en un mercado alemán no tenía nada que ver con pasear por uno de Madrid; y, a su vez, llenar la cesta en Bilbao apenas guardaba relación con hacerlo en Huelva. Hoy, por desgracia, esa magia casi ha desaparecido. Caminamos hacia un paisaje homogéneo donde todo huele parecido y muestra la misma foto clónica en el envase. Es el «infierno de lo igual» del que habla el filósofo Byung-Chul Han: el mismo sabor replicado en cualquier esquina del planeta.
A pesar de esa profecía, si uno se arma de paciencia y viaja con los ojos bien abiertos, todavía encuentra grietas por las que asoman los choques culturales. En los puestos de Montreal, entre el murmullo bilingüe, conviven botes de sirope de arce artesanal, galletas de aguacate, sacos de dátiles al por mayor, las warholianas sopas Campbell, botellas de Fanta en lata, etiquetas asiáticas con un márquetin basado en imágenes de señores que podrían ser mi tío el de Burgos, macarrones con salsa de Cheetos y frutas asiáticas imposible. Son pequeñas resistencias identitarias que, sin duda, acabarán desapareciendo, pero que por ahora resisten el envite del tiempo. ¡Merci, Montreal!





















