Hay bocados que nacen de la pura necesidad de supervivencia y terminan convertidos en el orgullo de una ciudad. El sándwich de carne ahumada es a Montreal lo que el bocadillo de calamares a Madrid: una forma de entender la alimentación. Traído por la inmigración judía de Europa del Este en el siglo XIX, el invento no era más que una fórmula ingeniosa para conservar la carne kosher en tiempos donde la refrigeración eléctrica no existía. Falda de ternera curada en seco con sal, ajo, pimienta y cilantro, ahumada con paciencia y rematada al vapor. El invento, cortado en lascas, recuerda a un lacón patrio, pero con un viaje extra de especias que te despierta el paladar.
Para sostener semejante monumento, los cánones exigen lo mínimo: rebanadas finas de pan de centeno, un brochazo de mostaza y un pepinillo encurtido. Si se acompaña con unas patatas fritas o una ensalada de col mejor que mejor. En Montreal abundan los locales históricos que se disputan el trono en las guías de viaje y que cuentan con colas de turistas ansiosos por la foto. Pero la autenticidad, por definición, suele esconderse donde nadie mira.
Snowdon Deli es la perfecta negación del postureo gastronómico. Plantado al borde de una de las autopistas más ruidosas de la ciudad y rodeado de naves industriales, exhibe una fachada que jamás ganará un concurso de escaparatismo y te sirven en manteles de papel con publicidad de las empresas circundantes. Dentro, se respira el aroma de los sitios de verdad: un local con estructura de cafetería americana, llevado por currantes con gorra, donde los clientes habituales se saludan entre sorbo y sorbo de café de filtro. Los sándwiches son jugosos y ajenos a las modas. Al final, uno sale de allí oliendo a humo y confirmando que la felicidad urbana se esconde, casi siempre, en los márgenes del mapa.






