Lo francés, tan celoso de sus esencias, suele mirar de reojo lo que afecta a la «francesesidad» y sus aledaños. La palabra poutine no goza del beneplácito de la Academia, pero en el Quebec francófono es una institución. Dependiendo del contexto, el término oscila entre «revoltijo», «lío» o «embrollo». Que tu plato nacional comparta etimología con un problema doméstico dice mucho y muy bueno del carácter de esta tierra helada e inmensa: aquí la identidad se construye a base de resistencia y calorías.
Porque seamos honestos: la receta parece el resultado de una encuesta realizada a un grupo de niños hambrientos a la salida del colegio. Patatas fritas, trozos de queso fresco en grano y una salsa oscura de guiso de carne que derrite y amalgama. Un desastre visual que, sin embargo, funciona con una armonía desconcertante. La modernidad ha intentado pervertir el invento añadiéndole pato confitado, trufa o variantes gourmet, pero todo eso no es más que una traición. La poutine es comida de batalla, tosca y reconfortante, y es realmente rica en su bendita sencillez.
Interrumpimos la caminata por la calle Notre-Dame para refugiarnos en Siboire, una cervecería como tantas otras en Montreal donde tomar una buena cerveza artesanal. Allí, mientras celebrábamos una victoria de España en el Mundial rodeados de locales, dimos cuenta de una versión clásica e impecable del invento. Comerlo viendo cómo el queso se funde a medias con el calor de la salsa, despierta ese placer culpable de los atracones de la infancia. Al final, uno sale a la calle con el estómago lleno y el corazón contento, que decía la canción. Poco se imaginaba aquel primer quebeques que mezclo estos tres ingredientes básicos, que llegaría tan lejos. Saludos desde el futuro.

