Cuando los bretones arribaron a Canadá —o la Nueva Francia, como la conocían en sus mapas coloniales—, trajeron en las bodegas algo más que su idioma y la sacrosanta misión de evangelizar a los nativos. Con ellos viajaba el trigo sarraceno, un cultivo recio que resultó ideal para una geografía tan hostil como el gran norte americano. Con el grano arraigó también la tradición de las galettes, esas crepes saladas y oscuras que hoy se siguen sirviendo en Montreal como un acto de resistencia cultural.
Apartado de los circuitos turísticos más ruidosos, y exhibiendo una francofilia militante (les sugiero el divertido ejercicio de intentar que les hablen en inglés), Spanel es uno de los rincones más sugerentes para probar esta especialidad bretona. La carta propone un callejero gastronómico dividiendo las opciones por los barrios de la ciudad, aprovechando la personalidad de cada zona.
Es obligado detenerse en la Westmount, que combina el pato de la mejor tradición de caza con el dulzor de la cebolla caramelizada y los champiñones. Por su parte, la Petit Italie rinde un merecido homenaje a su vecindario a base de prosciutto, albahaca y una generosa amalgama de quesos. Si prefieren asomarse al río, la Atwater rinde honores al gran tótem canadiense, el salmón, utilizando el ahumado como técnica inmemorial. En todos los casos, la masa crujiente y tostada funciona como el sobre perfecto para el invento.
Es una opción magnífica para cenar, sobre todo si se sirve con alguna de las infinitas cervezas artesanales que llenan los grifos de la ciudad. Eso sí, recuerden que los horarios españoles aquí carecen de sentido: a partir de las seis y media de la tarde ya es el momento de sentarse a la mesa. Vaya usted a saber por qué, pero el estómago del norte no espera a nadie.




