Hay muchas razones por las que vamos a los restaurantes. Lo más habitual es ir porque la comida nos gusta, porque nos parece barato, porque nos pilla cerca o simplemente porque le gusta a nuestro acompañante. Pero hay ocasiones en las que la razón es un tanto más inexplicable: ese restaurante tiene algo especial. Es el trato, pero no del todo; es la estética, pero no totalmente; es el estilo de cocina, pero no exactamente… En realidad, es una combinación de cosas que nos lo hacen atractivo sin saber por qué.

Olivia te cuida era uno de esos sitios especiales para nosotros. El Matadero, con el aire decimonónico de la primera industria, nos llevaba hasta la sala de los gigantescos hornos de hierro donde se empezaron a tratar los restos del despiece y que ahora contenía el particular interior del restaurante. Una grada de inclinación casi vertical, tragaluces, ladrillos y metal. En muchos restaurantes se intenta imitar esta estética; en Olivia la tenían.

Si uno quería un disfrute más amable, el patio era una auténtica maravilla en verano. Del río llegaba una brisa y los edificios rojos de ladrillo viejo daban una calidez especial a la iluminación de bombillas.

El servicio, amable y sin servilismos, como debe ser y parece que hemos olvidado. La comida, muy al estilo actual: hummus, buñuelos, rúcula, queso azul, alcachofas y berenjenas, tiradito de corvina o sus magníficos mejillones con salsa de harissa. Para más contundencia, los tacos de tinga o el tartar de solomillo. Lo que diferenciaba su cocina era la naturalidad del cocinado y la ausencia de tantas pretensiones como vemos hoy en día.

Pero en realidad no era nada de eso, era algo que no sabemos explicar, y por eso volvíamos una y otra vez. Y ahora se van y nos dejan un poco más solos.

Buena suerte a todo el equipo que estuvo en esta aventura.

La cantina del Matadero de Olivia te cuida
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