Hace no mucho tiempo leí que la ciencia sólo tiene claro que hay tres cosas que alargan la vida en los seres vivos: vivir a temperaturas extraordinariamente bajas, tener una dieta hipocalórica y la extirpación de los órganos sexuales. La pregunta que uno se haría es si en ese caso el alargamiento de la vida es una bendición o una condena. Personalmente me inclino por lo último.

Este dilema entre el disfrute o lo correcto (para la salud, para la moral, para el ecosistema, para el bienestar social, para lo que se nos pueda ocurrir) cada día es más intenso, y sospecho que el disfrute o el hedonismo pierden terreno por momentos. De buen ejemplo hemos sido testigos estas últimas semanas, cuando uno de los templos de la tortilla de patatas en Madrid, Casa Dani, ha sufrido un brote de salmonella. No ha habido medio de comunicación que no nos aleccionara con todas los peligros que rodean nuestra vida y como deberíamos evitarlos. Cocineros que probablemente no merezcan este adjetivo nos enseñaban orgullosos sus creaciones: engendros de patatas ligados con esa viscosidad seudo industrial llamada huevina, o mazacotes apelmazados por la sobre cocción. Ideales de tortilla, salud garantizada. Estos platos, motivos de desprecio por cualquier sociedad moralmente sana, eran mostrados uno y otra vez por los medios de comunicación como ejemplo a seguir.

Ninguno parecía recordar el inmenso disfrute de una tortilla cuajada en el punto meloso, su superficie dorada, las patatas con sus distintas texturas de fritura. Todo en uno de los platos más exitosos de la historia de la gastronomía. ¿Cuánto vale la belleza y cuanto la utilidad? Cada uno deberá responderse. Pero por ahora si usted quiere tener una garantía de no tener salmonella no lo dude: tráguese uno de esos ladrillos secos y apatatado que se cocinan por ahí. Su vida será mucho más miserable pero no tenga ninguna duda de que vivirá muchos más años.

tortillas de patata. Casa Dani

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Deseando que vuelvan abrir

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