Han pasado ya 25 años desde que la editorial RBA lanzara en España Memorias de un chef. Todavía recuerdo aquella portada en blanco y negro: tres cocineros en su momento de descanso, con una pose chulesca y desafiante, los cuchillos al cinto como si fueran sables. Más que chefs, parecían estrellas del rock o una banda de piratas a punto del abordaje. Al principio no sabíamos quién era ese tipo de la izquierda, pero hoy es imposible no reconocer esa sonrisa socarrona de Anthony.
Cuando los Ramones publicaron su primer disco, le dieron una patada en la espinilla a la industria musical para devolverle el rock a la gente. Jamás vendieron millones, pero cambiaron las reglas para siempre. Bourdain hizo lo mismo: se cargó el elitismo de los templos gastronómicos para devolvernos el esplendor del barro.
En sus páginas descubrimos cocinas grasientas y recetas magistrales, violencia y sexo en el patio trasero, gelatinas traslúcidas y fogones que estallan. Su mundo eran las rayas de coca mezcladas con sofritos perfectos, el humo de marihuana, el fast food delicioso y el caviar comido con los dedos al amanecer, horas y más horas de trabajo…. Nada volvió a ser igual. Los cocineros «punkies» que hoy firman contratos con multinacionales no existirían sin él. Tampoco las leyes que hoy protegen al gremio, ni esa mirada curiosa que nos permite alabar, sin esnobismo, unos fideos tomados en un mercado de Bangkok a las tres de la mañana.
Bourdain nos enseñó que la cocina es verdad, sudor y honestidad. Se te echa de menos Anthony.

