Nos hemos creído esa milonga contemporánea de que la alta cocina exige una disciplina castrense y un ambiente de sacrificio MasterChef. Parece que si el cocinero no sufre, el plato no vale. Paradójicamente, cualquier escrito antiguo, medieval o decimonónico asocia los fogones con algo radicalmente opuesto: el puro placer. Esta obsesión con el ego del chef nos ha metido en un callejón sin salida. Por suerte, en el casco antiguo de Ciutadella, Elena Angosto y Héctor Gallego parecen decididos a bajarse de esa noria. En Pez Limón se suda, seguro, pero lo que te llega a la mesa es una bofetada de relajación, cercanía y una amabilidad extrema que se agradece infinito.
El prólogo es un pan tierno y denso que juega a ser bizcocho, empapado en un aceite menorquín crudo e intenso. Le sigue la ensaladilla «rusa» de gamba blanca: básicamente, concentrar toda la lujuria y la potencia de la cabeza del marisco en un bocado cremoso. Sensacional. La croqueta de cocido cumple con el manual: un interior fundente blindado por el crujiente perfecto del panko japonés. Menos potente es el canelón de aguacate con ventresca de pez limón; aunque el eneldo aportaba un sabor profundo, le costó mantener el listón tan alto. El rumbo se enderezó con la coca de atún rojo, una finísima capa de pan cristal donde el pescado crudo se encuentra con el dulzor de la cebolla caramelizada y el punto rústico del piñón. De postre, un flan de queso que, milagrosamente hoy en día, sabe a queso de verdad.
Si consiguen mesa en la codiciada terraza un sábado por la noche, el desfile de la fauna que entra y sale de la discoteca colindante es un espectáculo costumbrista que no decepciona. Pura diversión.






