Los quebequenses habitan un envidiable cruce de caminos cultural: toda la desmesura del norte de América ensamblada con la elegancia sobria de la vieja Europa. De esa colisión, que algunos se empeñan torpemente en ver como un conflicto, nacen hallazgos gloriosos. La pâtisserie tradicional queda lejos del bollo frito anglosajón, pero si aplicas el savoir-faire de la primera a la devoción popular por el segundo, el resultado roza lo milagroso.
En pleno Mile End —barrio de casas victorianas, calles arboladas y una intensa vida cultural— emerge Bernie Beigne. El local no se anda con rodeos: se dedica a hacer donuts, sin más pretensiones. En la misma vidriera que da a la calle, y si uno demuestra paciencia, se despliegan procesiones de rosquillas humeantes chorreando azúcar. Ignoro el mecanismo exacto, pero estoy convencido de que limitarse a observar la escena durante diez minutos ya aporta un par de kilos a la báscula.
A la hora de la verdad, no duden: vayan siempre a por los clásicos glaseados y sólo en caso de necesidad permítanse el de sirope de arce o el chocolate. La masa, esponjosa y ligera, no sigue las leyes de la gravedad ni creo que las recomendaciones del departamento de la nutrición, pero como decía Marilyn en aquella película: «Si sigues todas las reglas, te perderás toda la diversión.»

