Vivimos obsesionados con un lujo de catálogo. Si viajamos, buscamos el destino más exótico; si compramos un coche, exigimos cuero; y si vamos a un concierto, solo nos vale el artista más icónico. Y sin embargo, tras tanto esfuerzo, nuestras vidas nos siguen pareciendo vulgares. El error es de diagnóstico: no entendemos que el verdadero lujo es radicalmente sencillo. Menorca en mayo, una brisa suave a veinte grados, el mar transparente, el socarrat  de la paella, una cerveza helada. Eso sí que es exclusividad.

A la Illa del Rei, un islote en la entrada del puerto de Mahón, se llega en ferry. Allí conviven los restos del antiguo hospital militar británico del siglo XVIII con la irreverencia del museo de arte contemporáneo Hauser & Wirth y un restaurante llamado La Cantina. Reconozco que iba con prejuicios. Un lugar donde los turistas quedan atrapados durante horas es el escenario ideal para perpetrar una tasca infame de cerveza tibia y patatas de bolsa. Por suerte, me equivoqué.

Bajo la sombra de los pinos, arrancamos con un pan de semillas oscuro y denso, bendecido por un aceite de oliva crudo e intenso. Le siguió un brioche con anchoas, encurtidos de limón y mayonesa; un mordisco donde el ácido, el dulce y el salado se retaban. El listón subió con el arroz de alcachofas y setas menorquinas: punto impecable, un sabor profundo a brasas, el hierro de la paella y un alioli de los que no piden perdón. Mi única queja es criminal: la camarera se llevó la sartén con los últimos granos antes de que pudiera defenderlos. Imperdonable. Los postres, un sablé de almendras con melocotón y una panacota soberbia, mantuvieron el tipo.

Para brindar por el descubrimiento y hacer honor a los antiguos inquilinos de la isla, cerramos con un buen trago de pomada. Al fin y al cabo, la ginebra es la mejor herencia que nos dejaron los hijos de la Gran Bretaña. Larga vida al Rey.