Quien se ve obligado a comer fuera de casa a diario arrastra a un soldado forjado en mil batallas gastronómicas, sabiendo que ha perdido más de una en forma de largas digestiones. Pero no hay que desarmarse; de vez en cuando el azar te regala un refugio. Pins 46, ubicado en la plaza homónima de Ciutadella, se disfraza por las noches de «espacio gastronómico» con precios de etiqueta, pero al mediodía se relaja y ofrece un menú de unos 25 euros que es una auténtica declaración de intenciones.

El arranque fue de verdadero nivel. Primero, un salmorejo con sardina ahumada que equilibraba con precisión el humo del pescado y la acidez del tomate y el ajo. Después llegaron unas gambas de Menorca en tempura, de una finura tal que se devoraban enteras, crujientes y sin mirar atrás. Eso hicimos los profesionales de la mesa; mención aparte merece cierto comensal vecino que intentó pelarlas una a una, perpetrando una masacre digna de película de terror serie B.

Los segundos, como suele ocurrir cuando el prólogo es tan alto, rebajaron un punto el listón. La merluza a la romana cumplía con honestidad, pero llegó con unas patatas fritas algo frías que deslucían el conjunto. Las costillas de cerdo glaseadas, uno de mis vicios confesables, resultaron una pequeña decepción al quedarse un punto secas, faltas de ese colágeno meloso que exige el plato. El rumbo se enderezó en los postres con una mousse de chocolate y helado de vainilla acompañada de un café Illy impecable.

Al final, uno paga la cuenta aliviado, confirmando que todavía es posible comer francamente bien si se sabe buscar en los menús del día.