Un restaurante, como un buen tahúr, debe saber a qué partida está jugando. Hoy en día abundan los locales que apuestan todo al «ambiente»: sitios preciosos donde te sirven comida precocinada con una sonrisa y el éxito parece asegurado. Otros, más conservadores, prefieren jugar la carta del precio en un mercado cada vez más inflacionado. Sin embargo, en Krudo, aunque el servicio es impecable y el ambiente de mercado acompaña, la apuesta es otra mucho más arriesgada y escasa: el sabor puro.
Para que no tuviéramos dudas, empezamos con unas tartaletas de tartar de gamba roja que, sinceramente, el nombre no alcanza a explicar. Bajo una costra crujiente se esconde un líquido cremoso con una intensidad de marisco que se te sube a la cabeza. Le siguieron unas tartaletas de atún, que mezclaban la nobleza del pez en crudo con una poderosa salsa picante.
Mención aparte merece el cangrejo soft-shell en tempura, ese crustáceo pillado en plena muda, vulnerable y sin armadura, que gracias a la herencia cajún y asiática podemos devorar entero. Servido en un taco, es una explosión de minerales y yodo que te reconcilia con el mundo. El ceviche clásico de corvina cumplió con los cánones —maíz crujiente y una leche de tigre que despertaba a un muerto—, pero el golpe de gracia fue el tiradito de vieiras. Pura intensidad verde; un bocado donde el aceite de cilantro y la clorofila se dan la mano con el mar en una combinación casi mística.
Puede que haya restaurantes más cómodos o más baratos, no digo que no, pero si lo que buscan es que el paladar les dé las gracias por haberlo sacado de paseo, pásense por el Krudo.




