Supongo que cuando los gemelos Massart nacieron en Bélgica, sus familiares se preguntarían qué demonios les depararía el futuro. Alguno imaginaría un negocio conjunto, pero dudo que el más optimista vaticinara que terminarían horneando pizzas en el centro de Madrid. La culpa de este desvío cósmico la tienen dos pasiones cruzadas: las enseñanzas de un chef italiano en el sur belga y la fascinación que les produjo España cuando llegaron como estudiantes. El destino es caprichoso y, a veces, deliciosamente absurdo.

El invento arrancó en la universitaria Moncloa allá por 2009. Aquella oferta minúscula y sin servicio de mesa pronto se les quedó pequeña, y en 2015 dieron el salto al barrio de Salamanca. En la zona de Goya se hicieron con un local que han reformado con un gusto excepcional: cemento visto, parqué, mucha luz y materiales en crudo que transmiten la misma honestidad que su cocina.

Empezamos con una burratina con pesto, fresca y jugosa, para luego pasar a unos raviolis de calabaza soberbios; un plato que combina el dulzor vegetal y el toques tostados de las almendras. Pero el alma de la casa son sus pizzas de masa fina y larga fermentación, fieles a la tradición romana. Elegimos la campesina, una combinación de tomate ácido, panceta y cebolla morada que demuestra por qué este plato, por mucho que se empeñen los estetas de la gastronomía, es imposible que te canse. El remate fue un tiramisú que sorprendió por su equilibrio, generoso en cacao y amaretto.

Pensándolo bien, la estadística dictaba que esta pizzería jamás debería haber existido. Pero el azar quiso que sí, y nosotros, mientras apuramos el café, no podemos hacer otra cosa que alegrarnos.