De todos los placeres que uno va perdiendo con los años, creo que el mayor es el de comer sin culpa. Esa libertad absoluta de no sentir que cada bocado es un paso hacia el exceso de la grasa, el colesterol o el azúcar. Comer, en definitiva, como comen los niños: devorando con una fruición animal, relamiéndose y pidiendo más sin que el concepto «caloría» les moleste. El único límite es el que nos ponen los demás; nosotros, por naturaleza, no tenemos ninguno. La culpa siempre es para más tarde.
Me fascina observar esos vídeos que pululan por internet de bebés que, con menos de un año, se enfrentan a un chuletón con la determinación de un gladiador o entierran la cabeza en un plato de macarrones. Pero el tiempo, ese juez implacable, acaba pasando. Llegan los resultados de los análisis, te sale tripa y siempre aparece un amigo que te cuenta la desgracia de aquel conocido que «es que no se cuidaba nada».
El retroceso empieza poco a poco, casi sin anunciarse. Un día, por prudencia, prefieres no pedir tantas patatas fritas. Otro, apartas el tocino porque tu médico te ha soltado un discurso sobre los peligros del exceso. Pero el verdadero punto de inflexión, la derrota definitiva, llega cuando te descubres a ti mismo en la cocina, a oscuras, devorando a escondidas el pan con chocolate que tu hijo no ha querido.
En ese momento lo entiendes: te has convertido en un delincuente nutricional. Ya no comes por placer, sino porque pasas hambre y te escondes como un alcohólico social. Nuestro destino es ser yonquis de por vida, alimentados con tristes chutes de metadona saludable, mientras anhelamos en silencio aquel enorme y perdido placer de repetir… todas las veces que nos diera la gana.
Hemos escogido para ilustrar este texto el poster de la película «La Gran Bouffe» Un clásico del cine gastronómico de los años 70

