En plena calle Menéndez Pelayo, frente al Retiro, Can Bonet ocupa un rincón privilegiado para quienes buscan una cocina honesta, sin imposturas y con raíces. El local, de espíritu barcelonés y aire relajado, combina madera, hierro y luz natural, recordando aquellas casas de comidas donde el protagonismo no era la decoración, sino el plato. Fundado por un equipo que ha sabido traer a Madrid el alma de la cocina catalana y mediterránea, el restaurante se ha consolidado como un refugio para quienes aprecian el sabor del producto y la sencillez bien entendida.
Empezamos con unas verduras a la brasa que resumían la esencia del lugar: fuego, humo y respeto por la materia prima. Ese punto tostado que intensifica la clorofila, el crujiente leve que se convierte en dulzor vegetal… Un plato aparentemente simple, pero muy logrado. Continuamos con la coca de escalivada, butifarra y alioli, un compendio de clásicos mediterráneos sobre una base crujiente: la dulzura de la berenjena, el ahumado del pimiento, el picante suave del ajo y la potencia cárnica de la butifarra. Todo encajaba.
La butifarra artesana con judías “seques” fue un regreso a la rusticidad: nada de refinamientos innecesarios, solo sabor y tradición. Y luego llegó el punto álgido: la Corvina a la brasa, perfecta en cocción, jugosa y con esa piel ligeramente crujiente que solo un buen control del fuego puede conseguir. De postre, una crema catalana impecable, con su capa de azúcar quemado que cruje antes de la suavidad de la crema.
Can Bonet demuestra que la cocina de verdad no necesita gritar. Basta con brasa, producto y oficio. Buena cocina, en un lugar privilegiado.






