Si han visto The Bear, han leído Memorias de un chef de Bourdain o simplemente pierden horas muertas viendo documentales de cocina en la televisión, este restaurante les va a gustar. Mucho. La cocina está casi literalmente en medio del comedor y, si tienen la suerte —como nos ocurrió a nosotros— de sentarse junto a los fogones, la experiencia se vuelve completamente inmersiva.
Un equipo joven, con el uniforme no escrito de tatuajes, camisetas negras y una mezcla internacional de acentos, se mueve en un ballet caótico entre hornos, fuegos y toda clase de parafernalia culinaria. Voces que se cruzan, prisas, risas, alguna bronca puntual. Platos que salen uno tras otro mientras el servicio avanza sin pausa. Podría pasarme la vida observando este espectáculo.
Pero vayamos a lo importante: la comida.
Empezamos con un pan tumaca —ese clásico que, por alguna razón misteriosa, nunca cansa— y continuamos con una ensalada de pepino encurtido con stracchino y almendras. La acidez del pepino, el punto lácteo del queso y el contrapunto seco de las almendras componían una mezcla sencilla y muy bien afinada.
Siguió una col con cansalada, plato tradicional del Pirineo basado en col cocinada con panceta. La versión, sin embargo, se alejaba del canon: una base de ponzu de naranja le daba un giro inesperado que funcionaba sorprendentemente bien.
La berenjena lacada ofrecía un interesante juego de texturas y un intenso sabor a humo, quizá un punto pasado, pero honesto. Y entonces llegaron los sesos tiernos con mantequilla. Uno de los grandes aciertos de la casa. Delicados, profundos, de una cremosidad casi pecaminosa. No me regodearé demasiado en la descripción, pero créanme: merece la visita solo por probarlos.
Hay momentos —muy concretos— en los que uno se siente como Hannibal Lecter. Y no siempre es algo malo.




