Si a un extraterrestre le explicáramos que en la Tierra existen lugares donde, tras un pago fijo (generalmente módico), uno puede comer hasta la capitulación física, erraría por completo al situarlos en el mapa. Jamás se le ocurriría que estos engendros de la alimentación se ubican precisamente allí donde la población está sobrealimentada y donde el problema no es conseguir calorías, sino librarse de ellas.
¿Cuál es el secreto de su éxito? Los primeros bufets de este tipo nacieron en Las Vegas con una intención tan pragmática como cuestionable: evitar que los jugadores salieran de la sala y así asegurar que terminaran de perder su dinero. Tiene una lógica aplastante. Sin embargo, pronto se descubrió que el placer no residía solo en la conveniencia, sino en el atavismo de comer sin límite. Aquellos pioneros del atracón extendieron la idea como una pandemia, primero en los destinos de playa y, después, colonizando cada rincón del mundo occidental.
Hoy somos nosotros quienes frecuentamos estos templos de la abundancia donde, por un sinsentido difícil de explicar, comemos demasiado y, casi siempre, con una calidad atroz. Quizás el filósofo Byung-Chul Han, ese observador afilado de nuestras neurosis, lo entiende mejor que nadie: vivimos en la sociedad de la positividad, donde el «no» ha sido desterrado.
En el bufet no hay prohibición, no hay límite, nada se acaba. No enfermamos por carencia, sino por exceso; por ese desfile infinito de platos ante los que somos incapaces de rendirnos. Es la victoria de la cantidad sobre el rito, y nuestra pequeña derrota personal frente a la bandeja de acero inoxidable.
Buen provecho, si el cuerpo aguanta.

