Si uno viaja a Tánger y se limita a buscar lo “árabe”, comete un error de principiante. Esta ciudad ha sido, ante todo, un cruce de caminos: diplomáticos, comerciantes, espías y soñadores dejaron aquí su huella. Franceses, españoles, ingleses, americanos e italianos han ido depositando capas de influencia que todavía hoy se perciben en la arquitectura y, sobre todo, en la mesa.
El Palais des Institutions Italiennes es uno de esos lugares que rara vez aparecen subrayados en las guías y, sin embargo, resultan imprescindibles. Un palacio de estética arabizante diseñado por el español Diego Jiménez Armstrong por encargo del último sultán, que más tarde pasó a manos italianas como delegación, liceo u hospital, y que hoy acoge uno de los festivales de jazz más reconocidos de África. Tánger en estado puro: mezcla, reapropiación y continuidad.
Adosado al edificio se encuentra Casa Italia, un restaurante genuinamente italiano que los domingos se llena hasta los topes de la comunidad española. El círculo cultural se cierra con naturalidad, como si todo hubiera estado previsto desde el principio.
Empezamos con una cerveza marroquí —Casablanca—, ligera y casi sacrílega en este contexto. Los entrantes cumplen con honestidad: aceitunas sabrosas, hummus suave. Los espaguetis carbonara tienen el encanto de lo casero, sin fuegos artificiales. La pizza, tierna y crujiente al estilo napolitano, juega en terreno seguro. El tiramisú es sencillo —quizá agradecería más bizcocho— y el café, un impecable Illy, pone el punto final.
Si quieren entender Tánger, no busquen una esencia pura. Siéntense aquí y observen cómo conviven todas.







