Existen geografías sentimentales a las que no se llega con Google Maps ni consultando una guía de viajes. Es la cuchara, y ese sabor que te asalta de imprevisto, lo que nos hace viajar a sitios que quizás desaparecieron hace décadas. Uno puede cerrar los ojos en cualquier terraza de moda y aparecer, en un segundo, en aquella cocina de azulejos desgastados de los veranos de la infancia. Es una magia sin chistera.

No hablamos aquí de los platos con tres estrellas Michelin, ni de esa esferificación que nos prometía una explosión de aromas. Hablo del bizcocho que veías subir en el horno como si fuera un milagro, del gazpacho que marcaba el inicio oficial del calor o de esos cocidos invernales que burbujeaban en la olla con una paciencia que hoy ya no tenemos. Pero, siendo honestos, ni siquiera hablamos de los platos; hablamos de la mano que los hacía.

Si intentamos replicar esas recetas con la exactitud de un cirujano, nunca saben igual. Siempre les falta algo. Podemos comprar el mejor producto ecológico y cronometrar cada paso, pero el resultado suele ser una imitación. Y es que lo que falta no es un minuto más de cocción o una pizca de sal, sino ese ingrediente invisible que nunca anotaron en el recetario.

Si este domingo tienen la oportunidad, aprovechen para sentarse a la mesa y disfrutar de esos sabores que solo ellas saben invocar. La magia es un bien escaso en este mundo y tenerla delante del plato es un lujo que no deberíamos dar por sentado.

Tortilla de patata. Feliz día de la madre
Resumen de privacidad

sardinasenlata.com usa únicamente utiliza cookies propias con finalidad técnica, no recaba ni cede datos de carácter personal de los usuarios sin su conocimiento. Sin embargo, contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas a la de sardinasenlata.com que usted podrá decidir si acepta o no cuando acceda a ellos. Tiene más información en nuestra Política de cookies