En ocasiones uno se ve sorprendido por el nivel culinario de este país. Y no hablo de la gran cocina ni del firmamento de estrellas y michelines, sino de ese restaurante improbable que aparece cuando menos lo esperas, a la vuelta de una esquina cualquiera.
Hace pocas semanas deambulaba por Barcelona, perdido y con hambre. Era un viaje de trabajo y, camino de una cita, decidí aplicar una de mis normas básicas de supervivencia urbana: comer en el primer sitio decente que se cruce en tu camino. Taquerías Tamarindo apareció frente a mí como una señal. Me gusta la comida mexicana y el día pedía picante, así que no hubo deliberación posible.
Me senté en la barra alta, sin ceremonias, y pedí el menú del día: los habituales nachos, guacamole, burritos… Hasta que el camarero cambió el guion. “Hoy tenemos dos platos fuera de carta: crema de huitlacoche y huevos divorciados”. Y ahí terminó cualquier duda.
El huitlacoche, para quien no lo conozca, es un hongo que crece en el maíz. Durante años fue comida de pobres, casi un desecho, y hoy es una delicadeza celebrada. ¿Les suena la historia? Su sabor es profundo, terroso, intensamente fúngico. La crema estaba magnífica: bien cocinada, reconfortante, perfecta para el frío que hacía. Me llevó, sin pedir permiso, a esos purés de lentejas de la infancia. Cocina honesta y bien hecha.
Los huevos divorciados fueron pura energía vital: dos huevos sobre tortillas de maíz, uno bañado en salsa verde y otro en roja. Pico de gallo, totopos, cebolla cruda y un picante directo, sin concesiones. Un plato para paladares curiosos y algo valientes. Me encantó.
Salí casi corriendo hacia mi cita, con el tiempo justo y una certeza nueva: había descubierto, sin buscarlo, un estupendo mexicano en Barcelona. Y esas son, al final, las mejores comidas.


